Seleccionar página

“Lo que voy a decir es racista, pero igual lo digo…”.

Con esa frase inició el comunicador Gonzalo Núñez su comentario contra el futbolista afroecuatoriano Eryc Castillo durante la transmisión del partido entre Alianza Lima y Club 2 de Mayo.

No fue una broma.
No fue un exceso.
No fue un “desliz”.

Fue una expresión consciente que reproduce un estereotipo histórico: la falsa idea de que las personas negras o afrodescendientes no están capacitadas para determinadas tareas intelectuales o técnicas. Es el mismo prejuicio que durante siglos intentó justificar la esclavitud, la segregación y la exclusión.

El racismo no es una opinión.
Es una forma de violencia estructural.

Racista confeso Gonazlo Nuñez

Cuando el racismo se amplifica desde los medios

El deporte es uno de los espacios de mayor visibilidad simbólica en nuestra sociedad. Allí niñas y niños afroperuanos encuentran referentes de orgullo, talento y disciplina. Cuando desde un micrófono se instala la idea de inferioridad asociada al color de piel, el daño no se limita a una persona: impacta a toda una comunidad.

Que luego se anuncie un retiro temporal de la radio no resuelve el problema. El racismo no se combate con silencios estratégicos, sino con transformaciones estructurales.

En el Perú, la discriminación es delito según el Código Penal. Sin embargo, la práctica demuestra que muchas veces todo termina en disculpas públicas y comunicados institucionales.

Si no hay sanciones reales y firmes, el mensaje es claro: el racismo sale barato.


No es un hecho aislado: es un sistema que se sostiene

Algunos intentan minimizar lo ocurrido diciendo:

“Yo soy negro y no me representa ningún movimiento afro”.
“El Perú tiene muchos problemas, no solo el racismo”.
“Ir a las escuelas es mejor que buscar notoriedad”.

Este tipo de argumentos no niega la existencia del racismo; revela su profundidad estructural. El racismo no desaparece porque una persona individual no se sienta afectada. Tampoco se combate reduciéndolo a un tema de “sensibilidad”.

El racismo se sostiene en estructuras históricas, culturales, mediáticas y también en discursos que pretenden darle legitimidad “científica”. Este razonamiento activa otro mecanismo cognitivo: el heurístico de minimización, donde se reduce la gravedad de aquello que no se percibe como una amenaza directa.

Pero el racismo no se mide por percepciones individuales.
Se mide por su impacto colectivo y estructural.

Un comentario racista en televisión no afecta solo a una persona. Afecta a niñas y niños afroperuanos que construyen su autoestima, identidad y aspiraciones viendo el deporte como un espacio de reconocimiento y orgullo.


La falsa ciencia detrás del prejuicio

Durante siglos, la pseudociencia intentó justificar jerarquías raciales. El llamado “racismo científico” utilizó mediciones sesgadas, teorías eugenésicas y estadísticas manipuladas para sostener la idea de inferioridad racial.

Uno de sus exponentes fue Richard Lynn, quien promovió teorías desacreditadas que atribuían diferencias de coeficiente intelectual según raza.

No existe evidencia científica que vincule el color de piel con la capacidad para ejecutar un penal, resolver una ecuación o liderar una empresa. Cuando se alude a “estudios” sin citarlos, se reproduce una tradición peligrosa: usar la apariencia de racionalidad para legitimar prejuicios.

No existe evidencia que vincule el color de piel con:

  • la inteligencia,
  • la capacidad deportiva,
  • el liderazgo,
  • o el talento.

No está defendiendo ciencia. Está reproduciendo prejuicio.

Y el Perú no puede retroceder a debates superados hace décadas.

La historia está llena de horrores cometidos en nombre de la “ciencia”, como los experimentos realizados por J. Marion Sims sobre mujeres negras esclavizadas como Anarcha, Betsy y Lucy, sometidas a cirugías sin anestesia ni consentimiento.

No podemos permitir que, en pleno siglo XXI, resurjan discursos que evocan esa herencia.

Diversidad del pueblo afroperuano

El verdadero problema: impunidad

El punto central no es un comentario.
Es la ausencia de consecuencias estructurales.

Si cada episodio termina en:

  • disculpas,
  • comunicados,
  • o retiros temporales,

la señal institucional es débil.

Y cuando la señal institucional es débil, la cultura no cambia.

El racismo no desaparece con silencio.
Desaparece con límites claros.


¿Qué se necesita? Respuesta estructural, no simbólica

Mi posición es clara: no basta con indignarnos. Necesitamos políticas públicas concretas.

Por eso he planteado propuestas específicas para el pueblo afroperuano:

Lo ocurrido no es un hecho aislado ni un exceso verbal circunstancial. Es una expresión contemporánea de racismo estructural: un sistema de ideas, prácticas y jerarquías históricas que ha normalizado la desvalorización simbólica del pueblo afroperuano en el espacio público.

La evidencia comparada y la doctrina en derechos humanos coinciden en algo fundamental: el racismo no se combate únicamente con sanción individual, sino con transformación estructural.

Por eso, la respuesta debe sustentarse en tres pilares:

Primero, educación intercultural afroperuana y memoria histórica .
El racismo se reproduce culturalmente. Los imaginarios que asocian inferioridad, caricaturización o deshumanización tienen raíces históricas. Si el sistema educativo no incorpora de manera obligatoria la memoria histórica afroperuana y la formación antirracista, el ciclo se perpetúa. La prevención estructural comienza en la formación.

Segundo, fortalecimiento de la institucionalidad del Estado .
Un Estado que no tiene protocolos claros, mecanismos de monitoreo ni rectoría efectiva frente al racismo, termina reaccionando de manera episódica. La política pública moderna exige capacidad institucional permanente. Sin institucionalidad, los casos se vuelven coyunturales y el problema estructural permanece intacto.

Tercero, reconocimiento del pueblo afroperuano como sujeto colectivo de derechos .
Cuando la afectación tiene carácter estructural y afecta a una comunidad históricamente discriminada, la respuesta jurídica no puede limitarse al plano individual. El derecho internacional ha evolucionado hacia el reconocimiento de sujetos colectivos para enfrentar discriminaciones históricas. Ese reconocimiento fortalece la protección, eleva el estándar de responsabilidad estatal y permite diseñar políticas diferenciadas.

Estos tres pilares no son respuestas improvisadas ante un caso mediático. Son instrumentos estructurales para enfrentar una problemática histórica que el país aún no ha resuelto plenamente.

El Perú no necesita indignación pasajera; necesita política pública sostenida. No necesita cancelaciones momentáneas; necesita transformación institucional y cultural.

Si queremos que estos hechos no se repitan, debemos actuar sobre las causas, no solo sobre los síntomas.


Racismo y democracia: una relación directa

Un país que tolera jerarquías raciales debilita su democracia.

Porque la democracia se basa en un principio simple:
todas las personas valen lo mismo.

Cuando el color de piel se convierte en criterio de juicio público, ese principio se rompe.

No es ideología.
Es Estado de derecho.


Una decisión nacional

El Perú está ante una elección moral y política.

O seguimos tratando el racismo como anécdota mediática,
o lo asumimos como el problema estructural que es.

Las heridas estructurales no se curan con disculpas.
Se curan con justicia.
Con política pública.
Con sanciones reales.
Con educación transformadora.

La dignidad del pueblo afroperuano no se negocia.

Y la democracia solo será plena cuando ninguna niña o niño en el Perú tenga que preguntarse si su color determina su capacidad.

Ese es el país que podemos construir.

Y ese es el país que debemos exigir.

No es ideología. Es dignidad.

Defender al pueblo afroperuano no es “progresismo”. Es defender la dignidad humana. Es fortalecer la democracia. Es construir un país donde el talento no tenga color.

El Perú necesita asumir que el racismo no es un error individual, sino una herida estructural.

Y las heridas estructurales no se curan con disculpas públicas.

Se curan con justicia.
Con políticas públicas.
Con educación.
Con sanciones reales.
Con memoria histórica.
Con valentía política.

La dignidad del pueblo afroperuano no se negocia.
Y la democracia solo será verdadera cuando ninguna niña o niño tenga que escuchar que su color determina su capacidad.

Ese es el país que estamos dispuestos a construir.

Puedes revisar las 9 propuestas de ley que tengo para el pueblo Afroperuano aquí