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Hoy se cumplen cinco años de la partida de mi padre.

Murió en la segunda ola del COVID-19, no porque la ciencia no supiera qué hacer, sino porque en el Perú el oxígeno se había convertido en mercancía. Murió por falta de oxígeno. Así de brutal. Así de injusto.

Mi padre era un hombre alegre, sabio en lo cotidiano. Cachinero, recursero, pintor de brocha gorda, declamador, lector incansable. Arreglaba lo que otros descartaban y lo hacía volver a la vida. Vivía el día a día con dignidad. No era perfecto —nadie lo es— pero incluso de sus sombras aprendimos por dónde no caminar.

Su muerte fue injusta. Tan injusta como cuando años antes perdió la pierna por negligencia médica en el Hospital de Policías. El sistema ya lo había herido antes. La pandemia solo terminó lo que la precariedad estructural había comenzado.

Pero esta historia no es solo mía.

Es la historia de miles.


La pandemia no nos hizo iguales

Se repitió hasta el cansancio que el virus no distinguía clases sociales. Que “estábamos todos en el mismo barco”. No era verdad.

No todos podían pagar sobrecostos por la mitad del oxígeno prometido.
No todos podían viajar a Lima Provincias para conseguir un balón.
No todos podían amanecer en lugares inhóspitos esperando un proveedor informal.
No todos podían endeudarse para comprar días más de vida.

Nosotros, con pocos recursos, hicimos todo. Pedimos dinero prestado. Organizamos colectas. Rifas. Activamos redes. La gente que nos ama se convirtió en músculo social. Como él hacía cuando alguien necesitaba apoyo.

Pero hubo familias que no tenían ni eso.
Hubo personas que murieron sin oxígeno, sin cama UCI, sin despedida.
Hubo familias que no tenían ni un espacio digno donde enterrar a sus muertos.

La desigualdad no se suspendió en pandemia. Se profundizó.


Un sistema que negocia la vida

El colapso hospitalario no empezó en 2020. Era la consecuencia de décadas de abandono, corrupción y fragmentación del sistema de salud.

En el Perú convivimos con un sistema desarticulado: MINSA, EsSalud, sanidades, sector privado. Infraestructura precaria. Falta de personal especializado en regiones. Centralismo extremo. Compra ineficiente de medicamentos. Oxígeno en manos de oligopolios.

Mientras tanto, seguimos enfrentando enfermedades que en otros países han sido prácticamente erradicadas o controladas:

  • Tuberculosis, incluida la TB multidrogo resistente, donde el Perú lidera cifras en América Latina.
  • Anemia infantil, que afecta a casi la mitad de nuestros niños en algunas regiones.
  • Dengue, que cada año golpea con más fuerza por falta de prevención estructural.
  • Cáncer detectado tardíamente, por ausencia de tamizaje oportuno y cobertura territorial.

No es falta de conocimiento técnico. Es falta de decisión política sostenida.

La fragilidad del sistema no es casualidad. Es el resultado de priorizar otras cosas antes que la vida.


Mi padre y el músculo comunitario

En medio del dolor, hubo algo que se activó: la comunidad.

La gente que ama no se queda quieta. Se organiza. Hace colectas. Rifas. Llama. Gestiona. Acompaña.

Mi padre era así. Cuando alguien necesitaba algo, él movía cielo y tierra. Esa misma energía volvió hacia nosotros. Ese es el Perú real: el solidario, el que no espera al Estado para actuar.

Pero el músculo comunitario no puede reemplazar al Estado. Puede complementar. Puede sostener emocionalmente. Puede organizar redes. Pero no puede sustituir un sistema público robusto.

No podemos normalizar que la supervivencia dependa de una rifa.


La mentira de que todos somos iguales en el Perú

No todos nacemos en el mismo punto de partida.
No todos tenemos el mismo acceso a salud, educación o justicia.
No todos tenemos redes de apoyo que amortigüen la caída.

Decir que “todos somos iguales” sin reconocer desigualdades estructurales es invisibilizar el privilegio y perpetuar la exclusión.

La pandemia fue un espejo. Y lo que mostró fue un país profundamente desigual.


Propuestas desde el dolor (y la esperanza)

Este artículo no es solo memoria. Es compromiso.

Si no transformamos el dolor en propuesta, se convierte en resentimiento. Y el resentimiento no construye país.

Algunas líneas urgentes:

1. Sistema Nacional de Salud integrado y territorializado

Unificar progresivamente la gestión, interoperabilidad y planificación entre MINSA, EsSalud y otros subsistemas. Fortalecer redes de atención primaria con enfoque preventivo.

2. Producción pública y descentralizada de oxígeno medicinal

Plantas en hospitales estratégicos y alianzas con universidades públicas para investigación y producción.

3. Reforma anticorrupción en compras sanitarias

Transparencia total, trazabilidad digital y veeduría ciudadana obligatoria en adquisiciones críticas.

4. Inversión prioritaria en atención primaria

La salud no empieza en la UCI. Empieza en la posta. Con médicos, enfermeras, psicólogos y promotores comunitarios bien remunerados.

5. Estrategia nacional contra anemia y tuberculosis

Enfoque integral: nutrición, agua segura, vivienda digna, seguimiento domiciliario y tecnología para monitoreo.

6. Fondo de emergencia sanitaria permanente

Para evitar improvisaciones en futuras crisis.

7. Participación ciudadana en vigilancia sanitaria

Comités comunitarios con poder vinculante en planificación local.


Romper el ciclo

Mi padre no es una estadística. Es un nombre, una risa, una voz que declamaba, una mano que pintaba paredes, un hombre que sabía vivir el presente.

Pero también es parte de una generación golpeada por un sistema que negocia la vida.

Hoy, cinco años después, el duelo no se cierra. Se transforma.
Se transforma en conciencia.
Se transforma en acción política.
Se transforma en decisión de romper el ciclo de desigualdad.

No podemos devolverle la vida a quienes se fueron.
Pero sí podemos evitar que otros mueran por las mismas causas.

Porque la verdadera igualdad no es un discurso.
Es una decisión estructural.

Y esa decisión empieza ahora.